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16/03/2007
Chopos, encinas,... y Antonio Machado
Nos dirigíamos al Castillo de Abuelolandia. Ramón montado sobre su caballo Valerio y yo sobre el mulo Mego. Habíamos subido y bajado dos montañas por un estrecho y sinuoso camino cuando atisbamos un valle.
Durante el trayecto recorrido por la montaña lo pasé fatal. No podía evitar pensar en un traspié del mulo que me hiciera caer barranco abajo. Erguida sobre aquel animal, no movía ni un músculo de mi cara, incluso, a veces, cuando cogíamos una curva en el camino, concentrada como estaba en mantener el equilibrio, se me olvidaba hasta respirar. Ramón iba delante, muy despacio. Así, obligaba a mi mulo a caminar lento para que yo no sintiera lo abrupto del camino en mis posaderas. Íbamos callados. Sólo se oía el jadeo de los caballos en las subidas y el golpear de los cascos sobre las piedras. Me agarraba a las riendas de Mego como si fuera la cuerda que me ataba a la vida. Por nada del mundo estaba dispuesta a morir.
Llegar al Castillo de Abuelolandia se había convertido en mi deseo más fuerte. Quería ver cómo los viejos enfermos y marginados que habitaban el castillo podían recuperar su sueño de juventud para realizarlo allí. El sueño que esa gente no pudo realizar en la mejor etapa de su vida, lo iban a ver cumplido en sus años finales, en su decrepitud. Ver para creer.
Ya en el valle, cuando el suelo se tornó llano, estiré mi cuerpo sobre la silla de montar, aflojé las manos sobre las riendas e incluso me entraron ganas de platicar con Ramón. El sol de marzo realzaba el verdor de aquellos prados. Por fin disfrutaba del viaje.
- - Cejotas, ¿por qué se llama Valerio tu caballo?
- - En honor a un amigo de infancia que murió joven. -me contestó al instante.
Enseguid
... (... continúa)