Blogia
abuelolandia

Cena de despedida.

Cena de despedida.

   

-         Son las diez.  A estas horas...  mi hijo ya no viene. -Dije cuando revolvía, en la cocina, una cazuela de chipirones en su tinta.  El plato preferido de Antonio.

-         Tranquila.  No pierdas el ánimo, -me contestó Ramón, que repartía un surtido de embutidos ibéricos en los platos, en la mesa.

-         Si ya sabía que iba a pasar esto.  Os hice caso a ti y mi amiga Sayil.  Habla con tu hijo antes de irte, llámale por teléfono, invítale a cenar...

-         Como madre, era lo menos que tenías que hacer..

-         Pues, ya ves, lo hice...  y, ¿qué me contestó?   Que... ¡ufff!... que llega muy tarde a casa... que no sabe...

-         Pues, si no puede..., no puede.  Por eso, ni tienes que martirizarle... ni  martirizarte...  

-         Es que..., de verdad... ¡con el amor con que le crié! -Rompí a llorar.

-         ¡Oh, mi amor! ¡Mi cejitas!  No te pongas así... -se levantó de la mesa y se acercó para acariciarme-.  Cenaremos solitos a la luz de las velas.  Celebraremos nuestra despedida de forma íntima...  e, incluso, brindaremos con Cava.  Aunque mi frágil corazón se resienta.

-         Ese hijo, mi Antonio... -seguí diciendo sin escuchar a Ramón-.  Absorbido por su trabajo, sin un día de descanso... siempre malhumorado en casa...  No sé cómo le aguanta Lucía.

-         Porque le quiere y, seguramente, le entiende...

-         Menos mal.  Porque no quiero ni pensar que sería de mi hijo si ella le abandonara.  Con ese carácter... tan avinagrado..., tan desbordado por los acontecimientos.  Tan desgraciado por el simple hecho de que, peinándose, se rompió una púa del peine o porque se retrasó diez minutos en la entrega de algún pedido...

-         ¡Olvídate, Estrella!  No sigas por ahí.  No digas cosas de las que mañana, avergonzada, te duelas.  ¡Disfrutemos de nuestra última noche en Valencia!  De madrugada emprenderemos viaje a otro mundo que nada tiene que ver con éste.  Disfrutemos por última vez de él.  Voy a poner tu mejor mantel en la mesa y sacaré esa cristalería que, por lo que me contaste, está a la espera de una buena ocasión para ser usada. 

-         Tienes razón, cejotas.  Al fin y al cabo, mi hijo tiene su vida y yo tengo la mía.  ¡Celebremos nuestra despedida a lo grande!  Y cenaremos con Cava.  Un día es un día. Mientras tu pones la mesa, yo asaré a la planta unas gambas carísimas que compré a la usurera Paquita...

No habían pasado cinco minutos cuando sonó el timbre.  Echaba la sal gorda sobre las gambas en la plancha.

-         Ramón, ve a ver quién es.

-         Mejor tú..., igual es la cotilla de la vecina del segundo...

Un poco contrariada por tener que dejar las gambas al fuego con riesgo de estropearse, fui a abrir la puerta.

-         ¡Antonio!  ¡Lucía!  ¡Qué alegría!

-         ¿A qué pensabas que no vendríamos a despedirnos?

 

 

  

1 comentario

Lucía -

Como ves cejitas, a veces lo que vemos imposible se convierte en realidad :) Veo que Sayil ha pasado a formar parte de ABUELOLANDIA. ¡ YO TB QUIERO¡ JEJEJE. mil gracias por pasarte por mi habitacion y por tus consejos sobre añadir un jardin. Es una idea maravillosa.
un besito