El coro del colegio
¡Ufff, vaya sueño más tonto!, me dije al despertar. No han pasado años ni naá desde que abandoné el colegio. ¡Madre mía! Y Ramón... ¿está bien?, me levanté de la butaca. Comprobé que los aparatos del goteo funcionaban correctamente y le di un beso en la frente. Dormía, sedado. Hacía un par de horas que un celador lo había subido a la habitación, superado el infarto. Volví a la butaca desde donde vigilaba al enfermo. Para matar el rato de aquella larga noche, me puse a recordar el sueño que acababa de tener y que me había hecho tanta gracia.
En la capilla del colegio asistíamos a Misa. La monja que daba clase de música elegía, entre las alumnas, las integrantes del nuevo coro de cantoras. Por el pasillo, iba arriba y abajo, atenta a nuestras voces cuando, hecha la entrada por el cura que oficiaba la misa, nos poníamos a cantar. Yo quería ser una de las elegidas así que, cuando la monja pasaba a mi lado, me esforzaba por hacer una buena interpretación. Con desesperación la veía pasar, señalando con el dedo aquí y allá, sin fijarse en mí.
A pesar de ello, mi ánimo no decaía. Gritaba con todas mis fuerzas. De pronto, la monja se paró ante el banco donde estaba sentada. “Ahora voy yo”, pensé orgullosa. Cuando fui a levantarme, mi amiga Rosa que estaba a mi lado, ya salía al pasillo. La monja con un gesto de manos me dijo que no me moviera.
En aquel momento dejé de cantar. Por fin comprendí que esa monja no iba a elegirme para formar parte del coro. ¿Cómo han podido hacer semejante cosa? ¿Escoger a mi amiga Rosa que no sabía cantar, sólo chillar, y dejarme a mi en el banco? Imperdonable. Una vez más me sentí víctima del enchufismo. Mi amiga Rosa siempre estaba en las listas de todo, parecía Doña Perfecta. Si se me ocurría preguntar, “¿quién es la más guapa de la clase?” Había alguien que contestaba: “Rosa”. Y si preguntaba: “¿quién es la más aplicada y estudiosa de la clase?” “Rosa”, contestaban mis compañeras de pupitre. Se les podía ocurrir decir mi nombre alguna vez, pero no; decían, Rosa. Y, entonces, por lo bajo, me decía yo: “¿y quién es la más ñoña de la clase?” A lo que me contestaba con infinita satisfacción: “Rosa, Rosa y mil veces Rosa. Rosa, que se pone a llorar delante de toda la clase cuando le preguntan la lección y no se la sabe.” ¡Ja, ja, ja!
En un hueco del presbiterio, la monja daba instrucciones a las alumnas seleccionadas para formar el coro del colegio. Y cuando el cura se puso a dar la Comunión, empezaron a cantar. “Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor...”.
De repente, como si el demonio hubiera intervenido y les hubiera jugado una mala pasada, aquellas voces se transformaron en ladridos, maullidos, relinchos, graznidos... Parecía que estábamos en el Zoo. Tras un momento de estupefacción y desconcierto general, las alumnas que quedamos en los bancos nos pusimos a cantar. Teníamos que acallar aquel coro infernal, intolerable en la Casa de Díos. Mi voz salía de mi boca sin esfuerzo, armoniosa, bien empastada -como dicen los profesores del programa de televisión “Operación Triunfo”-, con las voces del resto de las compañeras. Sonábamos como si fuéramos los Niños Cantores de Viena.
Mi amiga Rosa, la favorecida, lloraba. Por los gestos que hacía, parecían rebuznos los sonidos que salían de su boca.
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Mònica -