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12/02/2007
Estrella inicia la aventura

Ramón, ¿nunca has tenido curiosidad por saber cómo habría sido tu vida si hubieras nacido mujer?
La idea me surgió de pronto y se la solté.
Hacía un par de horas que había amanecido y diez minutos que me había despertado. El sol se desparramaba por la aridez de los campos de Albacete -¿o tal vez Cuenca?, no estoy segura por donde circulábamos en ese momento-. Ramón y yo íbamos cómodamente sentados en el espacioso asiento trasero de un taxi en el que una pared de cristal nos separaba del conductor. El taxista, aislado, conducía el coche con tanta suavidad que debí dormirme antes de salir de la ciudad de Valencia. Nada extraño, por otra parte, ya que, con los nervios y preparativos del viaje, apenas pude dormir las noches anteriores.
Despierta, pero un poco soñolienta todavía, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, sin moverme, sin hablar, abrí los ojos y miré por la ventana. Seguí con la vista la morfología del paisaje como si quisiera grabarlo con mi cámara de video. Al fondo, las colinas de color grisáceo, sombreadas en claro-oscuros y, a ras de carretera, nacían las tierras rojas preparadas para la siembra que se prolongaban hasta las elevaciones. Contemplaba, adormilada, el paraje, escudriñándolo, como un perro sabueso en busca conejos que cazar.
Vestida con pantalón de cordura, forro polar y botas de montañera, era evidente que dejaba atrás la ciudad y mi interés por lo que en ella ocurría, e iniciaba una nueva etapa de senderos embarrados, altozanos, tierras sembradas, corzos que te asaltan en el camino y... va
... (... continúa)24/02/2007
Las caballerizas

Las caballerizas en la Fonda de Avelino eran una prueba evidente de que el viaje en coche había terminado.
Por la mañana, me levanté con nervios en el estómago. Ramón, en cambio, cantaba en la ducha "La donna in movile". El nuevo trance al que me enfrentaba era difícil de asumir. Viajar sobre el lomo de un mulo -aunque fuera manso-, montaña arriba y montaña abajo y guardar el equilibrio sin caer, no iba a ser coser y cantar. Y eso en el mejor de los casos porque también podría llover y no encontrar nada mejor para protegernos de la lluvia que un árbol.
Después de desayunar, cogimos nuestro equipaje y salimos a la calle junto a Avelino, el dueño de la fonda. Amanecía. Entre la niebla se divisaban los restos de lo que fueron una docena de casas convertidas en ruina. Un pueblo más de tantos pueblos abandonados en Castilla del que Avelino se había hecho el dueño. El único edificio que se mantenía en pie era la fonda y las caballerizas que se extendían hacia una enorme pradera verde. Caballos, yeguas y mulas esparcidos por el prado, se acercaban al trote a la entrada donde un criado repartía la hierba seca de un fardo.
Nos adentramos en la cuadra junto a Avelino.
- Aquí está Valerio. -Señaló la caballeriza número 4.- Espléndido, eh? El preferido de Julio. No hay otro caballo que el criado mime más que a éste.
Era un caballo blanco que rumiaba hierba en aquel momento. "El caballo del que tanto me habló Ramón", pensé. Su cara afilada me pareció guapa. Ojos negros que derrochaban la viveza y alegría propia de su juventud. ¡Qué gracia! Sus cejas también eran blancas. Y las crines se volvían doradas en las puntas, lo que le daba un ai
... (... continúa)