Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.
Quedarse para vestir Santos.

- Ramón, ¿tienes hijos? –Dije después de cenar, sentados en el sofá frente al televisor apagado.
- No. No tengo hijos.
-- ¿Nunca te casaste?
- Estuve a punto de hacerlo pero en el último momento se frustró. Mi novia murió de leucemia.
- Y después... ¿Nunca tuviste otras novias?
- Al morir ell
... (... continúa)¡Qué dilema!

¿Dónde habré puesto las llaves del motocarro? Tenían que estar aquí, debían estar aquí... Pero no están. Miré en la bandeja de la consola de la entrada, en los cajones, en la librería... Nada. ¿Qué habré hecho con ellas? Con el despiste que tengo, no me extraña que no las encuentre. Si es que Ramón, con su ultimátum, me tiene en un sin vivir. Dice que tengo que tomar una decisión, que no me escaquee más, que debo darle una respuesta esta noche. Y, a mí, está a punto de darme un telele.
Muy serio, me dijo: “En dos días iré al Castillo de Abuelolandia. –Hizo una pausa, arrugó su entrecejo blanco, me miró a los ojos tan intensamente que llegó a paralizarme, carraspeó y volvió a abrir la boca para preguntarme-. ¿Vendrás conmigo?” Incluso llegó a insinuarme, el muy hijo de su santa madre, que si no le acompañaba, tal vez no volvería a verle nunca más. ¡Oh, Díos mío!, ¿qué hago?
Así que estoy que pierdo las cosas, olvido los encargos,&helli
... (... continúa)Estrella recibe carta.

- Ramón, he recibido carta –grité nada más abrir la puerta de entrada a casa.
- ¿De quién? –me contestó desde la cocina- De mi hijo Vicente. ¡Ummm..., qué bien huele a pollo asado! -dije yendo hacia él-. ¿Has visto qué rápido ha contestado? No se parece a su hermano que vive aquí cerca y no se molesta ni en venir a visitarme...
- Pues, ve tú a verle.
- No pienso ir más veces a verle. Cada vez que voy a su casa vuelvo con un disgusto tan grande que necesito tres días o más para quitarlo.
... (... continúa)
Cena de despedida.
- Son las diez. A estas horas... mi hijo ya no viene. -Dije cuando revolvía, en la cocina, una cazuela de chipirones en su tinta. El plato preferido de Antonio.
- Tranquila. No pierdas el ánimo, -me contestó Ramón, que repartía un surtido de embutidos ibéricos en los platos, en la mesa.
- Si ya sabía que iba a pasar esto. Os hice caso a ti y mi amiga Sayil. Habla con tu hijo antes de irte, llámale por teléfono, invítale a cenar...
- Como madre, era lo menos que tenías que hacer..
- Pues, ya ves, lo hice... y, ¿qué me contestó? Que... ¡ufff!... que llega muy tarde a casa... que no sabe...
- Pues, si no puede..., no puede. Por eso, ni tienes que martirizarle... ni martirizarte...
- Es que..., de verdad... ¡con el amor con que le crié! -Rompí a llorar.
- ¡Oh, mi amor! ¡Mi cejitas! No te pongas así... -se levantó de la mesa y se acercó para acariciarme-. Cenaremos solitos a la luz de las velas. Celebraremos nuestra despedida de forma íntima... e, incluso, brindaremos con Cava. Aunque mi frágil corazón se resienta.
- Ese hijo, mi Antonio... -seguí diciendo sin escuchar a Ramón-. Absorbido por su trabajo, sin un día de descanso... siempre malhumorado en casa... No sé cómo le aguanta
... (... continúa)