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Las mariposas de Juan Ramón Jiménez

Se había hecho la hora de comer, así que, en cuanto avistamos un collado con una explanada donde poder descansar a gusto, paramos. Era un hermoso paraje verde rodeado de cumbres rocosas con una laguna en medio. Después de varios días de viaje a lomos de mi mulo Pego ya estaba muy familiarizada con él, del que descabalgué con tanto brío como Ramón de su caballo blanco. Fue él quién se encargó de acercar a los jamelgos a la laguna para que bebieran agua, los ató a un árbol y esparció algo de follaje por el suelo para que comieran. Mientras tanto, saqué de uno de los cestos de la mula de carga la bolsa donde estaba la comida y lo dispuse todo, sobre el mantel, en una zona de hierba limpia.
Aunque el día estaba nublado, la temperatura era agradable debido al suave viento del sur que venía de África. Así que, después de comer, tirados en el suelo, descansábamos todos, incluso la caballería, aunque las moscas y algún abejorro que otro, incordiaban un poco. Ramón sentado, con la espalda apoyada en el tronco de un pino, de cara a la laguna, leía un libro; y yo, desde aquella atalaya, sentada estratégicamente al borde del collado, contemplaba la ladera norte que llevaba al valle. Durante un rato observé como un pastor y su perro, que por lo grande y blanco parecía un mastín, cercaban y encarrilaban, entre gritos y ladridos, al rebaño de ovejas para llevárselas de allí. El perro solito tuvo que devolver al rebaño más de una oveja despistada, y sin hablar ni pegar con la vara -cosa habitual entre los humanos-, lo conseguía a base de ladridos y movimientos alrededor de la oveja descarriada.
Contemplé la escena en la quietud de la tarde hasta que desaparecieron de mi vista, luego, me volví a mirar a Ramón que seguía enfrascado en la lectura de su libro.&nb
... (... continúa)Cara de plata
- No te asustes, Estrella. Es una mujer inofensiva. La encontré, asustanda, tras un árbol, dice llamarse Sara.
Ramón, con una gran piedra entre las manos, chorreando agua, adelantó a la mujer del paraguas amarillo que caminaba muy despacio, pasó por delante de mí, me quitó las riendas de los rocines y se adentró en el túnel con ellos.
- Hola, me llamo Estrella. -Ofrecí mi mano a la mujer.- Tu nombre es Sara, ¿no?
Cuando vi su cara de cerca pude comprobar, con horror, que brillaba como el acero inoxidable, que era como una cara de plata.
- Así es como me llamaba mi hermano. -me contestó con voz de sonámbula.
- ¿Dónde está tu hermano? ¿Te perdiste?
- Dice que vive en una cueva, -replicó Ramón a distancia mientras daba follaje a la caballería-, que hay cerca de aquí. Por lo visto le sorprendió la tormenta cuando buscaba algo para comer.
- Entonces, ¿vives sola?
- Sí. Viví con mi hermano hasta que murió. Luego, me escapé a la montaña...
- Estrella, esta pobre mujer necesita ropa seca. Y seguramente tomar algo caliente le vendrá bien. Busca algo entre tu equipaje que le pueda servir.
Ramón encendió el candil a gas. Por fin se veía en aquel túnel siniestro de piedra ceniza y charcos. Busqué entre mi equipaje algo que no le quedara demasiado grande a esa mujer tan escuálida. "Ven conmigo", le dije, y me la llevé a un lugar un poco apartado de Ramón.
Mientras se cambió de ropa, hice de perchero.
- Trae. Trae el paraguas, yo lo cuido mientras tanto. -Recelosa, se resistía. Cuando comprobó que si lo dejaba en el suelo se mancharía, me lo entregó. &nb
... (... continúa)La persiana del cielo

Atrás quedó el valle y el placer de disfrutar de su bello paisaje y de los poemas de Antonio Machado. De nuevo volvíamos a la montaña. Nos adentrábamos en la serranía cuando un viento, como mano invisible que cerraba la persiana del cielo, nos trajo, rápidamente, las nubes negras del horizonte. Los mulos estaban inquietos, caminaban retraídos. Y justo cuando íbamos a tomar la curva en la subida a una peña, un rayo se apareció ante nosotros y el caballo de Ramón, que iba delante, se encabritó al borde del barranco.
La caída libre del precipicio era de más de cien metros. Mi mente, que va más deprisa que la realidad, vio caer, a mi cejotas con su caballo blanco, y dar golpes contra la cortada de piedra, hasta quedar despanzurrados, los dos, entre los matojos que crecían junto al arroyo. En un instante lo vi muerto.
Mi boca se abrió para chillar pero ningún sonido salió de mis cuerdas vocales. No era momento de histerias sino de actuar. Debía inmovilizar a mi mulo y lo hice. Ramón, dando muestras -una vez más- de sus habilidades, no sólo aguantó encima del caballo sin caer, sino que lo dominó hasta hacerle recuperar su posición a cuatro patas sobre el sendero. Y, además, por si eso fuera poco, controló también a la mula rubia con la carga que, atada a la silla, se vio arrastrada por el caballo.
- - Tenemos que llegar al túnel antes de que empiece a llover. Está muy cerca de aquí. -Lo dijo con absoluta naturalidad, como si no hubiera pasado nada, aunque su acelerada y ruidosa respiración delataba el esfuerzo.
"¡Arre", le dije a mi mulo. Y se puso en marcha.
En cuanto doblamos el siguiente recodo, al fondo, como una diadema verde con pedrería, estaba la boca negra del túnel cubierta de hierba y rocas. Sobre él, como dos antenas destacaban dos árboles.
... (... continúa)Chopos, encinas,... y Antonio Machado
Nos dirigíamos al Castillo de Abuelolandia. Ramón montado sobre su caballo Valerio y yo sobre el mulo Mego. Habíamos subido y bajado dos montañas por un estrecho y sinuoso camino cuando atisbamos un valle.
Durante el trayecto recorrido por la montaña lo pasé fatal. No podía evitar pensar en un traspié del mulo que me hiciera caer barranco abajo. Erguida sobre aquel animal, no movía ni un músculo de mi cara, incluso, a veces, cuando cogíamos una curva en el camino, concentrada como estaba en mantener el equilibrio, se me olvidaba hasta respirar. Ramón iba delante, muy despacio. Así, obligaba a mi mulo a caminar lento para que yo no sintiera lo abrupto del camino en mis posaderas. Íbamos callados. Sólo se oía el jadeo de los caballos en las subidas y el golpear de los cascos sobre las piedras. Me agarraba a las riendas de Mego como si fuera la cuerda que me ataba a la vida. Por nada del mundo estaba dispuesta a morir.
Llegar al Castillo de Abuelolandia se había convertido en mi deseo más fuerte. Quería ver cómo los viejos enfermos y marginados que habitaban el castillo podían recuperar su sueño de juventud para realizarlo allí. El sueño que esa gente no pudo realizar en la mejor etapa de su vida, lo iban a ver cumplido en sus años finales, en su decrepitud. Ver para creer.
Ya en el valle, cuando el suelo se tornó llano, estiré mi cuerpo sobre la silla de montar, aflojé las manos sobre las riendas e incluso me entraron ganas de platicar con Ramón. El sol de marzo realzaba el verdor de aquellos prados. Por fin disfrutaba del viaje.
- - Cejotas, ¿por qué se llama Valerio tu caballo?
- - En honor a un amigo de infancia que murió joven. -me contestó al instante.
Enseguid
... (... continúa)Las caballerizas

Las caballerizas en la Fonda de Avelino eran una prueba evidente de que el viaje en coche había terminado.
Por la mañana, me levanté con nervios en el estómago. Ramón, en cambio, cantaba en la ducha "La donna in movile". El nuevo trance al que me enfrentaba era difícil de asumir. Viajar sobre el lomo de un mulo -aunque fuera manso-, montaña arriba y montaña abajo y guardar el equilibrio sin caer, no iba a ser coser y cantar. Y eso en el mejor de los casos porque también podría llover y no encontrar nada mejor para protegernos de la lluvia que un árbol.
Después de desayunar, cogimos nuestro equipaje y salimos a la calle junto a Avelino, el dueño de la fonda. Amanecía. Entre la niebla se divisaban los restos de lo que fueron una docena de casas convertidas en ruina. Un pueblo más de tantos pueblos abandonados en Castilla del que Avelino se había hecho el dueño. El único edificio que se mantenía en pie era la fonda y las caballerizas que se extendían hacia una enorme pradera verde. Caballos, yeguas y mulas esparcidos por el prado, se acercaban al trote a la entrada donde un criado repartía la hierba seca de un fardo.
Nos adentramos en la cuadra junto a Avelino.
- Aquí está Valerio. -Señaló la caballeriza número 4.- Espléndido, eh? El preferido de Julio. No hay otro caballo que el criado mime más que a éste.
Era un caballo blanco que rumiaba hierba en aquel momento. "El caballo del que tanto me habló Ramón", pensé. Su cara afilada me pareció guapa. Ojos negros que derrochaban la viveza y alegría propia de su juventud. ¡Qué gracia! Sus cejas también eran blancas. Y las crines se volvían doradas en las puntas, lo que le daba un ai
... (... continúa)Estrella inicia la aventura

Ramón, ¿nunca has tenido curiosidad por saber cómo habría sido tu vida si hubieras nacido mujer?
La idea me surgió de pronto y se la solté.
Hacía un par de horas que había amanecido y diez minutos que me había despertado. El sol se desparramaba por la aridez de los campos de Albacete -¿o tal vez Cuenca?, no estoy segura por donde circulábamos en ese momento-. Ramón y yo íbamos cómodamente sentados en el espacioso asiento trasero de un taxi en el que una pared de cristal nos separaba del conductor. El taxista, aislado, conducía el coche con tanta suavidad que debí dormirme antes de salir de la ciudad de Valencia. Nada extraño, por otra parte, ya que, con los nervios y preparativos del viaje, apenas pude dormir las noches anteriores.
Despierta, pero un poco soñolienta todavía, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, sin moverme, sin hablar, abrí los ojos y miré por la ventana. Seguí con la vista la morfología del paisaje como si quisiera grabarlo con mi cámara de video. Al fondo, las colinas de color grisáceo, sombreadas en claro-oscuros y, a ras de carretera, nacían las tierras rojas preparadas para la siembra que se prolongaban hasta las elevaciones. Contemplaba, adormilada, el paraje, escudriñándolo, como un perro sabueso en busca conejos que cazar.
Vestida con pantalón de cordura, forro polar y botas de montañera, era evidente que dejaba atrás la ciudad y mi interés por lo que en ella ocurría, e iniciaba una nueva etapa de senderos embarrados, altozanos, tierras sembradas, corzos que te asaltan en el camino y... va
... (... continúa)Cena de despedida.
- Son las diez. A estas horas... mi hijo ya no viene. -Dije cuando revolvía, en la cocina, una cazuela de chipirones en su tinta. El plato preferido de Antonio.
- Tranquila. No pierdas el ánimo, -me contestó Ramón, que repartía un surtido de embutidos ibéricos en los platos, en la mesa.
- Si ya sabía que iba a pasar esto. Os hice caso a ti y mi amiga Sayil. Habla con tu hijo antes de irte, llámale por teléfono, invítale a cenar...
- Como madre, era lo menos que tenías que hacer..
- Pues, ya ves, lo hice... y, ¿qué me contestó? Que... ¡ufff!... que llega muy tarde a casa... que no sabe...
- Pues, si no puede..., no puede. Por eso, ni tienes que martirizarle... ni martirizarte...
- Es que..., de verdad... ¡con el amor con que le crié! -Rompí a llorar.
- ¡Oh, mi amor! ¡Mi cejitas! No te pongas así... -se levantó de la mesa y se acercó para acariciarme-. Cenaremos solitos a la luz de las velas. Celebraremos nuestra despedida de forma íntima... e, incluso, brindaremos con Cava. Aunque mi frágil corazón se resienta.
- Ese hijo, mi Antonio... -seguí diciendo sin escuchar a Ramón-. Absorbido por su trabajo, sin un día de descanso... siempre malhumorado en casa... No sé cómo le aguanta
... (... continúa)Estrella recibe carta.

- Ramón, he recibido carta –grité nada más abrir la puerta de entrada a casa.
- ¿De quién? –me contestó desde la cocina- De mi hijo Vicente. ¡Ummm..., qué bien huele a pollo asado! -dije yendo hacia él-. ¿Has visto qué rápido ha contestado? No se parece a su hermano que vive aquí cerca y no se molesta ni en venir a visitarme...
- Pues, ve tú a verle.
- No pienso ir más veces a verle. Cada vez que voy a su casa vuelvo con un disgusto tan grande que necesito tres días o más para quitarlo.
... (... continúa)
¡Qué dilema!

¿Dónde habré puesto las llaves del motocarro? Tenían que estar aquí, debían estar aquí... Pero no están. Miré en la bandeja de la consola de la entrada, en los cajones, en la librería... Nada. ¿Qué habré hecho con ellas? Con el despiste que tengo, no me extraña que no las encuentre. Si es que Ramón, con su ultimátum, me tiene en un sin vivir. Dice que tengo que tomar una decisión, que no me escaquee más, que debo darle una respuesta esta noche. Y, a mí, está a punto de darme un telele.
Muy serio, me dijo: “En dos días iré al Castillo de Abuelolandia. –Hizo una pausa, arrugó su entrecejo blanco, me miró a los ojos tan intensamente que llegó a paralizarme, carraspeó y volvió a abrir la boca para preguntarme-. ¿Vendrás conmigo?” Incluso llegó a insinuarme, el muy hijo de su santa madre, que si no le acompañaba, tal vez no volvería a verle nunca más. ¡Oh, Díos mío!, ¿qué hago?
Así que estoy que pierdo las cosas, olvido los encargos,&helli
... (... continúa)Quedarse para vestir Santos.

- Ramón, ¿tienes hijos? –Dije después de cenar, sentados en el sofá frente al televisor apagado.
- No. No tengo hijos.
-- ¿Nunca te casaste?
- Estuve a punto de hacerlo pero en el último momento se frustró. Mi novia murió de leucemia.
- Y después... ¿Nunca tuviste otras novias?
- Al morir ell
... (... continúa)Sustancias radioactivas

Ramón se alojaba en mi casa desde que salió del hospital tras el infarto de miocardio. Así que, en cuanto desmonté el tenderete del mercado y cargué la mercancía en mi motocarro, marché rapidito para casa. A Ramón le gusta comer temprano. Para mi sorpresa, lo encontré acompañado de un hombre extraño. Más que un hombre parecía un niño viejo, por su pelo blanco y la piel arrugada. Ramón me lo presentó como Lendo, su hombre de confianza en el Castillo de Abuelolandia. Amablemente, me acerqué para besarle en las mejillas, pero él me puso sus cejas para que las besara. Ramón aclaró que era el saludo entre los miembros de la Asociación Cejasblancas. Le besé las cejas y él me las besó a mí. Era evidente que yo formaba parte de la asociación.
De nuevo se planteaba el tema de Abuelolandia y la Asociación Cejasblancas. Hasta ahora me tomaba a broma lo que Ramón decía de su castillo, pero empiezo a temerme que habla en serio. Él me dijo que lo heredó de un pariente sin descendencia. Pero no quiso contarme más cosas. Dice que, cuando se ponga bien, me llevará en su caballo blanco hasta allí y podré ver la obra que realizan. Él me habla con cara de dulce niño encantado con su juguete y yo me siento como una princesa enamorada. ¡Ay, mi amor!, me nace un suspiro.
... (... continúa)
El coro del colegio

¡Ufff, vaya sueño más tonto!, me dije al despertar. No han pasado años ni naá desde que abandoné el colegio. ¡Madre mía! Y Ramón... ¿está bien?, me levanté de la butaca. Comprobé que los aparatos del goteo funcionaban correctamente y le di un beso en la frente. Dormía, sedado. Hacía un par de horas que un celador lo había subido a la habitación, superado el infarto. Volví a la butaca desde donde vigilaba al enfermo. Para matar el rato de aquella larga noche, me puse a recordar el sueño que acababa de tener y que me había hecho tanta gracia.
En la capilla del colegio asistíamos a Misa. La monja que daba clase de música elegía, entre las alumnas, las integrantes del nuevo coro de cantoras. Por el pasillo, iba arriba y abajo, atenta a nuestras voces cuando, hecha la entrada por el cura que oficiaba la misa, nos poníamos a cantar. Yo quería ser una de las elegidas así que, cuando la monja pasaba a mi lado, me esforzaba por hacer una buena interpretación. Con desesperación la veía pasar, señalando con el dedo aquí y allá, sin fijarse en mí.
A pesar de ello, mi ánimo no decaía.
... (... continúa)Estrella se lleva un buen susto.

(Ramón toca el timbre. En la mano porta una llave. Con gesto descompuesto, llevándose la mano al pecho, cae al suelo. Estrella abre la puerta.)
Ramón: Una ambulancia..., Estrella. Tengo un infarto.
(Estrella entra en casa. Sale enseguida, con un cojín y una manta, hablando por el teléfono móvil)
Estrella: ...sí, sí. Una ambulancia. ¡Urgente! A la calle Bello, número 86, 1º izquierda.
(Cuelga el teléfono que deja sobre la consola del hall. Se acerca a Ramón. Coloca el cojín bajo su cabeza y extiende la manta por encima.)
Estrella: ¡Ay, ay, ay,... Ramón!
... (... continúa)
Dame un beso.

- Dame un beso, Estrella. -me soltó de sopetón Ramón, mi vecino del tercero, cuando abrí la puerta de mi casa.
Puse cara de asombro. No sólo por lo que me dijo sino también por su aspecto. ¡Cuánto había cambiado! Su pelo y cejas se habían vuelto blancos y sus pestañas, como las mías, tenían una franja de pelos blancos en medio de los pelos negros. Hacía meses que no lo veía. Y, de pronto, aparece ante la puerta de mi casa y me dice que le de un beso como quien pide un poco de sal.
- ¿Un beso?
-- Un beso. Porque “¿qué es un beso al fin y al cabo?” ¿Recuerdas la película de Cyrano de Bergerac? ¿Recuerdas cómo le declaraba su amor a Roxana bajo el balcón, en la oscuridad de la noche, suplantando al atractivo joven que la tenía enamorada? Pues yo me pongo a tus pies y recito sus mismas palabras.
... (... continúa)Si me vieras..., te reirías.

A Maruja y Luis, ya fallecido.
Si me vieras, Pedro, te reirías... Tirada en el suelo. Frente a tu nicho. Las flores del ramo desparramadas por el camino y el paraguas volando por los aires. Siete meses seguidos de sol en Valencia y, hoy, Día de Todos los Santos, tiene que llover.
Para venir a verte me puse tacones, -¡te gustaba tanto verme así!- Con la lluvia y mi andar inseguro, resbalé al pisar una piedra mojada y caí de bruces, en forma de aspa.
¡Qué lento el viaje al suelo! ¿Te acuerdas de aquellos juegos que cuando niños pusieron en la plaza del pueblo? ¿Recuerdas cómo me cogías en volandas y me lanzabas al aire para que me agarrara a las anillas a las que no llegaba? Y tu, juguetón, ajeno a mis miedos, esperabas equilibrios y malabares; y yo me quedaba inmóvil, contemplando el abismo creado entre mis pies y el suelo... y temiendo romperme la cabeza en la caída. Sólo movía mi boca para gritarte: ¡Bájame de aquí!
(... continúa)
Centro de Estética

Hace dos semanas la hija de Pepa, mi vecina del segundo, inauguró un centro de estética. Desde que conozco a la madre siempre la vi descuidada en su aspecto. Se dejó engordar, el pelo lo llevaba desgreñado y vestía chándal hasta para ir a Misa. Pues bien, ahora se hace tratamientos de belleza, se pinta las uñas de las manos y de los pies y no le cabe en la cabeza que haya mujeres que podamos salir de casa con la cara lavada y las uñas sin pintar.
Esta tarde me la encontré en la escalera cuando volvía a casa vestida con mono azul de trabajo y las manos manchadas de grasa y polvo. Acababa de arreglar mi motocarro. Estuve a punto de darme la vuelta. Pero ya me había visto.
- Estrella, tienes que probar las cremas de mi hija. Mira qué cambio. Es como si hubiera rejuvenecido veinte años.- Mientras lo decía, gesticuló mucho con sus manos ante mis narices para que me fijara en sus largas uñas de color fucsia, cortadas a machetazos.- A tu cara le falta luz... -siguió diciendo.
- Y le sobra polvo y grasa, - contesté.
- ¡Oh, Estrella! Tiene mi hija un tratamiento ligting-firmeza efecto botox que te daría la textura y humedad que necesita tu piel. Te vendría fenomenal.
Lo dijo de seguido, sin titubear. Me pregunto cuantas horas habrá estado diciendo esa frase antes de aprendérsela. ¿No sé dará cuenta de que parecer más joven no entra dentro de mis planes? Pero, no, no se daba cuenta.
(... continúa)
Estrella, Cejasblancas

Creo que eso fue lo que lo mató. Aferrarse a aquella tienda de ultramarinos era, para él, como aferrarse a un bote salvavidas. No sabía de la existencia de Abuelolandia, ni yo tampoco en aquel momento. Total que le obligamos a abandonar la tienda que nos llenaba de deudas, y, al abandonarla, se abonó a sí mismo. Entonces fue cuando el cáncer aprovechó para brotar en su pulmón y extenderse hasta matarlo. Ese insensato y estúpido cáncer no sabía que al matar a mi marido, moriría con él.
Mi Pedro. Si me vieras ahora, con las canas que me han salido, no me reconocerías. Cuando me abandonaste me cayeron de repente tantos años que pasé a verme como mi abuela. Me puse de luto, dejé de teñirme las canas y de cortarme el pelo que me enrollé en un moño bajo. Eso sí, nada de ponerme la porquería de brillantina que se ponía mi abuela en el pelo. Si me hubieras visto no te gustaría nada. Mis ojos negros de saltimbanqui que tan encandilado te tenían, se volvieron inexpresivos; mis cejas se encanecieron por completo. Perdí todo estímulo para vivir.
Hasta que un día sonó el timbre de la puerta. No tenía intención de abrir, pero algún resorte hizo que me levantara de la butaca, la misma butaca en que tú te sentabas. Ahora la uso yo. Era Ramón, nuestro vecino del tercero, ¿te acuerdas? Sí, el vendedor ambulante de ropa de cama.
-(... continúa)
El puente a Abuelolandia
Abuelolandia. Así se llama el castillo de cuatro torres ubicado sobre la colina más verde y más alta de entre todas las que le rodean, en aquel lugar paradisíaco. De difícil acceso, lo mandó construir un adinerado promotor inmobiliario para gloria suya. De alguna manera se sentía Señor feudal y, como ellos, quería tener su castillo y sus tierras. Pero, justo el mismo día en que dio por finalizada su construcción y celebró una fiesta al más estilo medieval, es decir, a lo bestia; por la noche, tuvo un sueño premonitorio.
Un anciano de pelo y cejas blancas y cuyas pestañas negras llevaban una franja blanca enmedio, con un candil en la mano, le dijo: "El primer día en que amanezca con las nubes entrelazadas sobres las cumbres de las montañas me presentaré ante ti para que me hagas entrega de las llaves del lugar". Y añadió: "Nosotros, para tu buen nombre y gloria, sabremos hacer un buen uso de este castillo".
(... continúa)
