La sonrisa: un puente
LA SONRISA (*)
A José Miguel Arnal, in memoriam.
Es un puente que acerca
geografías humanas. Le fiamos
la burla y la alegría por igual.
Se parece a los ríos, y a la luna,
y a nada se parece. Yo la he visto
brillar como la luna y fluir como un río
recorriendo unos labios de mujer.
Puede ser un regalo, una condena,
cohabitar con el necio y encubrir al traidor.
Mi corazón le debe la memoria
de los seres que he amado y que perdí,
Pues el tiempo, que borra en mi recuerdo
el perfil de sus rostros, no empeña sus sonrisas,
y en sus sonrisas vive extrañamente
la clara imagen, fiel,
de todo cuanto fueron para mí.
La sonrisa nos salva y debería
conservarla la tinta,
como una huella dactilar del alma.
(*) Poema de Vicente Gallego, publicado en su poemario "La plata de los días" (1996)
La foto y el apretón.
Protegida tras un árbol de grueso tronco, en cuclillas y a pantalón y braga bajados, hacía mis necesidades mayores. Tenía en la mano un pañuelo de papel para limpiarme cuando acabara pero, antes de usarlo, cuando estaba desplegándolo, una ventolera que llegó sin avisar me lo arrancó de las manos y se lo llevó volando con ella. Era mi único pañuelo de papel. "¿Qué hago, con qué me limpio el trasero ahora?", me pregunté mientras miraba en derredor en busca de algo me que sirviera.
Lo que encontré fueron hierbas, hierbajos, ortigas, zarzas y la planta crecepelos que podría servirme, dado lo largas y anchas que eran sus hojas, aunque, si no recordaba mal, raspaban un poco. De niña las usé más de una vez cuando correteaba con otros niños por el campo y, de pronto, me daba un apretón. Era la planta que cuando llovía se empozaba el agua en ella y, si te lo pasabas por la cabeza, ejercía el milagro de hacer que el pelo creciera más deprisa. No sé qué había de verdad en esa creencia que yo, por supuesto, practicaba.
No tenía otra elección que coger un par de hojas de esa crecepelos. Con una mano en el pantalón para separarlo de mi trasero, y las piernas flexionadas, me desplacé un poco para alcanzar, sin dificultad, la planta de hojas anchas y largas. Iba a cortar la hoja más grande que encontré cuando otra racha de viento vino a traer en esta ocasión, en vez de llevarse, un papel que quedó pegado como una máscara veneciana sobre mi cara. Pensé: "Díos me lo quita y Díos me lo da".
Me lo retiré de la cara, era una página llena de color desgajada de una revista. Llevaba tanto tiempo agachada que ya no aguantaba más en esa postura y quería limpiarme el culo de una vez y acabar. Iba a doblar el papel por la mitad para manejarlo con m
... (... continúa)Las mariposas de Juan Ramón Jiménez

Se había hecho la hora de comer, así que, en cuanto avistamos un collado con una explanada donde poder descansar a gusto, paramos. Era un hermoso paraje verde rodeado de cumbres rocosas con una laguna en medio. Después de varios días de viaje a lomos de mi mulo Pego ya estaba muy familiarizada con él, del que descabalgué con tanto brío como Ramón de su caballo blanco. Fue él quién se encargó de acercar a los jamelgos a la laguna para que bebieran agua, los ató a un árbol y esparció algo de follaje por el suelo para que comieran. Mientras tanto, saqué de uno de los cestos de la mula de carga la bolsa donde estaba la comida y lo dispuse todo, sobre el mantel, en una zona de hierba limpia.
Aunque el día estaba nublado, la temperatura era agradable debido al suave viento del sur que venía de África. Así que, después de comer, tirados en el suelo, descansábamos todos, incluso la caballería, aunque las moscas y algún abejorro que otro, incordiaban un poco. Ramón sentado, con la espalda apoyada en el tronco de un pino, de cara a la laguna, leía un libro; y yo, desde aquella atalaya, sentada estratégicamente al borde del collado, contemplaba la ladera norte que llevaba al valle. Durante un rato observé como un pastor y su perro, que por lo grande y blanco parecía un mastín, cercaban y encarrilaban, entre gritos y ladridos, al rebaño de ovejas para llevárselas de allí. El perro solito tuvo que devolver al rebaño más de una oveja despistada, y sin hablar ni pegar con la vara -cosa habitual entre los humanos-, lo conseguía a base de ladridos y movimientos alrededor de la oveja descarriada.
Contemplé la escena en la quietud de la tarde hasta que desaparecieron de mi vista, luego, me volví a mirar a Ramón que seguía enfrascado en la lectura de su libro.&nb
... (... continúa)Cara de plata
- No te asustes, Estrella. Es una mujer inofensiva. La encontré, asustanda, tras un árbol, dice llamarse Sara.
Ramón, con una gran piedra entre las manos, chorreando agua, adelantó a la mujer del paraguas amarillo que caminaba muy despacio, pasó por delante de mí, me quitó las riendas de los rocines y se adentró en el túnel con ellos.
- Hola, me llamo Estrella. -Ofrecí mi mano a la mujer.- Tu nombre es Sara, ¿no?
Cuando vi su cara de cerca pude comprobar, con horror, que brillaba como el acero inoxidable, que era como una cara de plata.
- Así es como me llamaba mi hermano. -me contestó con voz de sonámbula.
- ¿Dónde está tu hermano? ¿Te perdiste?
- Dice que vive en una cueva, -replicó Ramón a distancia mientras daba follaje a la caballería-, que hay cerca de aquí. Por lo visto le sorprendió la tormenta cuando buscaba algo para comer.
- Entonces, ¿vives sola?
- Sí. Viví con mi hermano hasta que murió. Luego, me escapé a la montaña...
- Estrella, esta pobre mujer necesita ropa seca. Y seguramente tomar algo caliente le vendrá bien. Busca algo entre tu equipaje que le pueda servir.
Ramón encendió el candil a gas. Por fin se veía en aquel túnel siniestro de piedra ceniza y charcos. Busqué entre mi equipaje algo que no le quedara demasiado grande a esa mujer tan escuálida. "Ven conmigo", le dije, y me la llevé a un lugar un poco apartado de Ramón.
Mientras se cambió de ropa, hice de perchero.
- Trae. Trae el paraguas, yo lo cuido mientras tanto. -Recelosa, se resistía. Cuando comprobó que si lo dejaba en el suelo se mancharía, me lo entregó. &nb
... (... continúa)La persiana del cielo

Atrás quedó el valle y el placer de disfrutar de su bello paisaje y de los poemas de Antonio Machado. De nuevo volvíamos a la montaña. Nos adentrábamos en la serranía cuando un viento, como mano invisible que cerraba la persiana del cielo, nos trajo, rápidamente, las nubes negras del horizonte. Los mulos estaban inquietos, caminaban retraídos. Y justo cuando íbamos a tomar la curva en la subida a una peña, un rayo se apareció ante nosotros y el caballo de Ramón, que iba delante, se encabritó al borde del barranco.
La caída libre del precipicio era de más de cien metros. Mi mente, que va más deprisa que la realidad, vio caer, a mi cejotas con su caballo blanco, y dar golpes contra la cortada de piedra, hasta quedar despanzurrados, los dos, entre los matojos que crecían junto al arroyo. En un instante lo vi muerto.
Mi boca se abrió para chillar pero ningún sonido salió de mis cuerdas vocales. No era momento de histerias sino de actuar. Debía inmovilizar a mi mulo y lo hice. Ramón, dando muestras -una vez más- de sus habilidades, no sólo aguantó encima del caballo sin caer, sino que lo dominó hasta hacerle recuperar su posición a cuatro patas sobre el sendero. Y, además, por si eso fuera poco, controló también a la mula rubia con la carga que, atada a la silla, se vio arrastrada por el caballo.
- - Tenemos que llegar al túnel antes de que empiece a llover. Está muy cerca de aquí. -Lo dijo con absoluta naturalidad, como si no hubiera pasado nada, aunque su acelerada y ruidosa respiración delataba el esfuerzo.
"¡Arre", le dije a mi mulo. Y se puso en marcha.
En cuanto doblamos el siguiente recodo, al fondo, como una diadema verde con pedrería, estaba la boca negra del túnel cubierta de hierba y rocas. Sobre él, como dos antenas destacaban dos árboles.
... (... continúa)Chopos, encinas,... y Antonio Machado
Nos dirigíamos al Castillo de Abuelolandia. Ramón montado sobre su caballo Valerio y yo sobre el mulo Mego. Habíamos subido y bajado dos montañas por un estrecho y sinuoso camino cuando atisbamos un valle.
Durante el trayecto recorrido por la montaña lo pasé fatal. No podía evitar pensar en un traspié del mulo que me hiciera caer barranco abajo. Erguida sobre aquel animal, no movía ni un músculo de mi cara, incluso, a veces, cuando cogíamos una curva en el camino, concentrada como estaba en mantener el equilibrio, se me olvidaba hasta respirar. Ramón iba delante, muy despacio. Así, obligaba a mi mulo a caminar lento para que yo no sintiera lo abrupto del camino en mis posaderas. Íbamos callados. Sólo se oía el jadeo de los caballos en las subidas y el golpear de los cascos sobre las piedras. Me agarraba a las riendas de Mego como si fuera la cuerda que me ataba a la vida. Por nada del mundo estaba dispuesta a morir.
Llegar al Castillo de Abuelolandia se había convertido en mi deseo más fuerte. Quería ver cómo los viejos enfermos y marginados que habitaban el castillo podían recuperar su sueño de juventud para realizarlo allí. El sueño que esa gente no pudo realizar en la mejor etapa de su vida, lo iban a ver cumplido en sus años finales, en su decrepitud. Ver para creer.
Ya en el valle, cuando el suelo se tornó llano, estiré mi cuerpo sobre la silla de montar, aflojé las manos sobre las riendas e incluso me entraron ganas de platicar con Ramón. El sol de marzo realzaba el verdor de aquellos prados. Por fin disfrutaba del viaje.
- - Cejotas, ¿por qué se llama Valerio tu caballo?
- - En honor a un amigo de infancia que murió joven. -me contestó al instante.
Enseguid
... (... continúa)Las caballerizas

Las caballerizas en la Fonda de Avelino eran una prueba evidente de que el viaje en coche había terminado.
Por la mañana, me levanté con nervios en el estómago. Ramón, en cambio, cantaba en la ducha "La donna in movile". El nuevo trance al que me enfrentaba era difícil de asumir. Viajar sobre el lomo de un mulo -aunque fuera manso-, montaña arriba y montaña abajo y guardar el equilibrio sin caer, no iba a ser coser y cantar. Y eso en el mejor de los casos porque también podría llover y no encontrar nada mejor para protegernos de la lluvia que un árbol.
Después de desayunar, cogimos nuestro equipaje y salimos a la calle junto a Avelino, el dueño de la fonda. Amanecía. Entre la niebla se divisaban los restos de lo que fueron una docena de casas convertidas en ruina. Un pueblo más de tantos pueblos abandonados en Castilla del que Avelino se había hecho el dueño. El único edificio que se mantenía en pie era la fonda y las caballerizas que se extendían hacia una enorme pradera verde. Caballos, yeguas y mulas esparcidos por el prado, se acercaban al trote a la entrada donde un criado repartía la hierba seca de un fardo.
Nos adentramos en la cuadra junto a Avelino.
- Aquí está Valerio. -Señaló la caballeriza número 4.- Espléndido, eh? El preferido de Julio. No hay otro caballo que el criado mime más que a éste.
Era un caballo blanco que rumiaba hierba en aquel momento. "El caballo del que tanto me habló Ramón", pensé. Su cara afilada me pareció guapa. Ojos negros que derrochaban la viveza y alegría propia de su juventud. ¡Qué gracia! Sus cejas también eran blancas. Y las crines se volvían doradas en las puntas, lo que le daba un ai
... (... continúa)Estrella inicia la aventura

Ramón, ¿nunca has tenido curiosidad por saber cómo habría sido tu vida si hubieras nacido mujer?
La idea me surgió de pronto y se la solté.
Hacía un par de horas que había amanecido y diez minutos que me había despertado. El sol se desparramaba por la aridez de los campos de Albacete -¿o tal vez Cuenca?, no estoy segura por donde circulábamos en ese momento-. Ramón y yo íbamos cómodamente sentados en el espacioso asiento trasero de un taxi en el que una pared de cristal nos separaba del conductor. El taxista, aislado, conducía el coche con tanta suavidad que debí dormirme antes de salir de la ciudad de Valencia. Nada extraño, por otra parte, ya que, con los nervios y preparativos del viaje, apenas pude dormir las noches anteriores.
Despierta, pero un poco soñolienta todavía, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, sin moverme, sin hablar, abrí los ojos y miré por la ventana. Seguí con la vista la morfología del paisaje como si quisiera grabarlo con mi cámara de video. Al fondo, las colinas de color grisáceo, sombreadas en claro-oscuros y, a ras de carretera, nacían las tierras rojas preparadas para la siembra que se prolongaban hasta las elevaciones. Contemplaba, adormilada, el paraje, escudriñándolo, como un perro sabueso en busca conejos que cazar.
Vestida con pantalón de cordura, forro polar y botas de montañera, era evidente que dejaba atrás la ciudad y mi interés por lo que en ella ocurría, e iniciaba una nueva etapa de senderos embarrados, altozanos, tierras sembradas, corzos que te asaltan en el camino y... va
... (... continúa)Cena de despedida.
- Son las diez. A estas horas... mi hijo ya no viene. -Dije cuando revolvía, en la cocina, una cazuela de chipirones en su tinta. El plato preferido de Antonio.
- Tranquila. No pierdas el ánimo, -me contestó Ramón, que repartía un surtido de embutidos ibéricos en los platos, en la mesa.
- Si ya sabía que iba a pasar esto. Os hice caso a ti y mi amiga Sayil. Habla con tu hijo antes de irte, llámale por teléfono, invítale a cenar...
- Como madre, era lo menos que tenías que hacer..
- Pues, ya ves, lo hice... y, ¿qué me contestó? Que... ¡ufff!... que llega muy tarde a casa... que no sabe...
- Pues, si no puede..., no puede. Por eso, ni tienes que martirizarle... ni martirizarte...
- Es que..., de verdad... ¡con el amor con que le crié! -Rompí a llorar.
- ¡Oh, mi amor! ¡Mi cejitas! No te pongas así... -se levantó de la mesa y se acercó para acariciarme-. Cenaremos solitos a la luz de las velas. Celebraremos nuestra despedida de forma íntima... e, incluso, brindaremos con Cava. Aunque mi frágil corazón se resienta.
- Ese hijo, mi Antonio... -seguí diciendo sin escuchar a Ramón-. Absorbido por su trabajo, sin un día de descanso... siempre malhumorado en casa... No sé cómo le aguanta
... (... continúa)Estrella recibe carta.

- Ramón, he recibido carta –grité nada más abrir la puerta de entrada a casa.
- ¿De quién? –me contestó desde la cocina- De mi hijo Vicente. ¡Ummm..., qué bien huele a pollo asado! -dije yendo hacia él-. ¿Has visto qué rápido ha contestado? No se parece a su hermano que vive aquí cerca y no se molesta ni en venir a visitarme...
- Pues, ve tú a verle.
- No pienso ir más veces a verle. Cada vez que voy a su casa vuelvo con un disgusto tan grande que necesito tres días o más para quitarlo.
... (... continúa)
