¡Qué dilema!

¿Dónde habré puesto las llaves del motocarro? Tenían que estar aquí, debían estar aquí... Pero no están. Miré en la bandeja de la consola de la entrada, en los cajones, en la librería... Nada. ¿Qué habré hecho con ellas? Con el despiste que tengo, no me extraña que no las encuentre. Si es que Ramón, con su ultimátum, me tiene en un sin vivir. Dice que tengo que tomar una decisión, que no me escaquee más, que debo darle una respuesta esta noche. Y, a mí, está a punto de darme un telele.
Muy serio, me dijo: “En dos días iré al Castillo de Abuelolandia. –Hizo una pausa, arrugó su entrecejo blanco, me miró a los ojos tan intensamente que llegó a paralizarme, carraspeó y volvió a abrir la boca para preguntarme-. ¿Vendrás conmigo?” Incluso llegó a insinuarme, el muy hijo de su santa madre, que si no le acompañaba, tal vez no volvería a verle nunca más. ¡Oh, Díos mío!, ¿qué hago?
Así que estoy que pierdo las cosas, olvido los encargos,… Es un paso demasiado importante en mi vida como para decidir así, de repente. ¿Qué hora es? ¡Ufff! Las cuatro ya. Y a las cinco tengo que estar en el almacén para cargar pijamas en mi motocarro.
Entré en mi habitación en busca de las llaves, por si me las había dejado allí al llegar a casa. Miré encima de la cómoda, abrí los cajones, revolví entre mi ropa interior, mis pañuelos, cinturones... ¿Cómo van a estar aquí, entre bragas y cinturones? ¡En qué cabeza cabe! Volví los ojos hacia la cama. ¿Estarán sobre la colcha? Pasé las manos por ella, la palpé,... y, de pronto, me acordé de mi marido que en paz de descanse y me entraron ganas de acariciarla como si acariciara la espalda de mi Pedro… Y llegaron los recuerdos de tantos años juntos. Cuántos momentos felices me había dado aquella cama... También lloré mucho en ella, también...
¡Ufff, el tiempo vuela! No voy a llegar a tiempo al almacén. Y mañana voy al mercado de Patraix, con lo que se vende allí. Por favor, Díos mío, dime dónde diantre he puesto las llaves. Seguí revolviendo los cajones de las mesillas de noche, cada vez más acelerada... cada vez más atacada de los nervios.
Me dejé caer sobre la cama. ¡Claro! Es muy fácil decir déjalo todo y vente conmigo a Abuelolandia. Sólo hay que ver la cara que pone cuando lo dice. Su boca se redondea, se le hincha como un globo. Abuelolandia, dice, y la palabra le sale regordeta, cargada de mariposas de colores, de fantasía... En mis oídos suena como si me hablara del paraíso, toda una tentación. Pero algo me dice que no es así. Según va pasando el tiempo y se acerca el momento de la decisión, ese vocablo se clava en mi mente como estacas de acero. Tengo la sensación de que esconde una jaula muy grande llena de viejos achacosos. ¿Una cárcel, tal vez? Anda que meterme en semejante brete a mi edad, ¡qué horror!
Me senté sobre la cama. Por un momento debí perder la noción del tiempo. Bueno, me dije, pues si tan mala te parece la propuesta de Ramón, dile que no quieres ir, que ya no estás para grandes cambios. Quédate en tu vieja casa con humedades, tu mercadito y los recuerdos, si eso te parece mejor. Acomódate a la compañía del espíritu de tu marido muerto, que te sigue por toda la casa con el eterno cigarro en la mano; o al eco de las carcajadas de tus hijos que te hacían correr, tan feliz, hasta su habitación para verles tirados por el suelo muertos de la risa y reír con ellos. Repasa de vez en cuando las fotografías de los álbumes con nostalgia de los buenos momentos pasados: la boda en la iglesia del pueblo con la presencia de todos los vecinos y aquella amiga que con tanta insistencia te pidió el ramo de novia para, luego, la pobre, quedarse solterona; aquel viaje inolvidable a Suiza para ganar dinero; las Comuniones de tus hijos...
Mis hijos... ¡Ay, mis hijos! Tan ocupados con su familia, tan distanciados de mí por culpa de sus celosas esposas, que los quieren para ellas solas... A ver cómo les explico que voy a vivir con un cejasblancas en el Castillo de Abuelolandia. Lo primero que se les pasará por la cabeza es que estoy como una chota, que tienen que encerrarme en un manicomio...
Pero soy tan feliz desde que estoy con Ramón. Y las emociones que siento son tan nuevas, tan distintas, tan agradables... Nunca antes nadie se fijó ni besó mis cejas, ni yo sentí el cosquilleo de sus labios sobre ellas hasta el punto de erizarme de gusto todos los pelos de mis brazos. Nadie me habló con la ternura que lo ha hecho él, mi Pedro siempre fue un poco zote para eso... Si hasta he recuperado la fuerza y juventud que creí había perdido con la enfermedad y muerte de mi marido.
El reloj de pared, en el pasillo, dio las campanadas de las cuatro y media. Di un salto sobre la cama. ¡Ufff, cómo pasa el tiempo! Debo encontrar las llaves. Debo llegar a tiempo al almacén. ¡Qué dilema, Díos mío! Sí, no, voy, no voy, sí, no, sí... ¡Ay, Ramón! Mis llaves… ¿dónde habré puesto las llaves del motocarro...? ¿Qué le digo?
Miraré en la cocina. Tal vez sobre el microondas, la mesa, la nevera... Pegada en la nevera continuaba la nota que Ramón había dejado al salir. “Cejitas mías, no te acomodes en el pasado, no permitas que te paralice. Con Abuelolandia se abren las puertas de tu futuro, atraviésalas sin miedo. Yo estaré a tu lado. Te quiero. Ramón”. ¡Oh Ramón, qué cosas me dices! Haces que me sienta tan especial, tan importante...
Las llaves... Debo encontrar las llaves, ya. Ni en la mesa, ni la nevera,... Haber si las dejé en el bolso en vez de colocarlas sobre la bandeja de consola de la entrada. Con la nota de Ramón en la mano fui a buscar el bolso. Lo cogí. Lo abrí. Busqué en el bolsillo interior, lugar donde solía dejar mis llaves cuando salía de casa con ellas. Allí estaban. ¡Por fin! ¿Porqué no se me habrá ocurrido mirar antes? Las besé. Besé la nota. Me dejé llevar por una euforia sin sentido,.. incontrolada. Te seguiré al fin del mundo, Ramón, me dije entre besos a la nota de la nevera. Tú haces que cada nuevo día merezca la pena ser vivido. ¡Muuuaaa...!, besaba una y otra vez la nota amarilla. Sí, Ramón, mi amor. Atravesaré las puertas. Claro que me atreveré a caminar hacia mi futuro si mi futuro está unido al tuyo. Atravesaré las puertas del Castillo de Abuelolandia y seré una cejasblancas más. Iría hasta el mismo infierno si me lo pidieras.
Metí la nota en el bolso, cogí el abrigo y salí deprisa con las llaves en la mano hacia mi motocarro. Si no había problemas de tráfico podría llegar tiempo de cargar la mercancía antes de que cerrara el almacén.
Comentarios » Ir a formulario
![]()
Autor: Lucía
Que sepas que estoy engancahada a Abuelolandia y te visitó siempre que puedo. Tus textos son muy buenos :) Sigue contando con Lucía aunque el curso quedara atrás.. siempre nos quedará la blogosfera :)
Un beso muy fuerte
Fecha: 18/01/2007 14:58.
