Quedarse para vestir Santos.

- Ramón, ¿tienes hijos? –Dije después de cenar, sentados en el sofá frente al televisor apagado.
- No. No tengo hijos.
-- ¿Nunca te casaste?
- Estuve a punto de hacerlo pero en el último momento se frustró. Mi novia murió de leucemia.
- Y después... ¿Nunca tuviste otras novias?
- Al morir ella, cogí una depresión muy fuerte y un miedo que se alargó durante años. Después, centrado en mi trabajo en el castillo, con la Asociación,... se fueron pasando los años...
- ¿No has pensado en casarte?
- Ahora? ¿A mi edad? Soy demasiado mayor para eso...
- ¡Qué vas a ser mayor! Tengo un conocido en mi pueblo de 83 años de edad que, a los pocos meses de morir su esposa, ya vivía con otra viuda como él.
- Será para que le cuide...
- ¿Ves? Es lo mismo que dicen las malas lenguas del pueblo. Si las parejas son jóvenes, se casan por amor; pero si son viejos, se casan por interés. Creo que no es justo.
- Si llego a saber que ibas a tomártelo tan en serio, no te digo nada. Verás, escucha, Estrella. –me atrajo hacia sí, me besó las cejas y dejé mi cabeza recostada entre su pecho y el hombro.- Yo también puedo contarte una bonita historia que ocurrió en mi pueblo.
Es la historia de la bella Milagros. Una mujer que se enamoró de un hombre de esos que van de mujer en mujer, como las abejas de flor en flor, con el único objeto de seducirlas para desvirgarlas y añadir un nombre más a su lista de mujeres conquistadas. La inocente se enamoró y sucumbió a los propósitos de aquel donjuan. Todavía no había cumplido los veinte años.
Abandonada, sabedora de que ningún otro hombre querría acercársele, se recluyó en casa junto a su madre viuda, ya mayor. Ambas se hicieron inseparables. Iban juntas a misa, al médico, a visitar a su hermana al supermercado,... a todo. Esa era la vida que hacía Milagros cuando yo la conocí.
Murió su madre. Con tanto funeral, Misa de Salida y más misas por el descanso eterno de su alma, la iglesia comenzó a llenar el hueco que su madre había dejado al fallecer. Se integró en el grupo de mujeres que colaboraban con el párroco en la limpieza, en la ornamentación, las colectas..., sin abandonar por ello su costumbre de ir a pasar sus buenos ratos con su hermana en el supermercado. Se colocaba al lado de ella junto a la caja registradora. Desde allí observaba en silencio a la gente que entraba y salía de la tienda y, de paso, recibía noticias de los pequeños aconteceres del pueblo cuando los clientes pasaban por caja para pagar.
Pasados los años, Milagros, más desinhibida, comenzó a recitar en la tienda de su hermana, para todo aquel que quisiera oírle, unos versos que no sé donde los aprendió pero sí sé, en cambio, que se convirtieron en una obsesión para ella. Hasta el punto de comenzar a murmurar la gente en el pueblo sobre su estado de salud mental.
“Te ando buscando, amor que nunca llegas,
te ando buscando, amor que te mezquinas,
te aguzo por saber si me adivinas,
me doblo por saber si te me entregas.” (*)
No tuvo que pasar mucho tiempo para encontrar respuesta a esos versos. Tendría sesenta años cuando llegó al pueblo un viudo de unos setenta y cinco años que se instaló en una casa a las afueras. Vivía solo, así que era él quién hacía la compra en el supermercado de la hermana de Milagros. Iba con frecuencia, puede que, incluso, bastante más veces de las que necesitaba hacerlo. Y después de días de observar a Milagros en silencio, de oírle recitar sus versos, le dijo:
“Yo seré a tu lado silencio silencio,
perfume, perfume, no sabré pensar,
no tendré palabras, no tendré deseos, sólo sabré amar.” (*)
Y eso fue el principio de una relación que terminó en boda.
Habrán pasado ya cinco años desde que se casaron y sigo viéndoles por la calle tan amartelados como al principio, ajenos a las miradas maledicientes de los mismos vecinos que antes decían, “está trastornada”, y que ahora dicen: “Se ha buscado una niñera que le cuide.” Pero yo sólo veo que sus caras destilan una felicidad serena que, para todos esos chismosos y para mí, la quisiera.
- Entonces, Ramón, -me erguí para mirarle de frente.- ¿Qué me quieres decir?
- Pues, lo mismo que estás pensando tú, tontorrona, que para el amor no hay edad... y para casarse tampoco. ¿Te quieres casar conmigo?
- ¿Eh? ¡Ufff! Me entran sofocos, Ramón. Repíteme la pregunta, que no sé si te he entendido bien.
- Que si te quieres casar conmigo.
- ¡Ay, Ramón! No, no me puedo precipitar. Te contestaré en el castillo de Abuelolandia, cuando estemos allí y vea qué futuro me espera entre esa gente de la Asociación Cejasblancas.
(*) Fragmentos de los poemas El engaño y Oye, respectivamente, de la poetisa argentina Alfonsina Storni.
